Sincronicidad junguiana

Por mi parte, donde antes sólo apreciaba un conjunto indiferenciado de vegetación, ahora, además de gordolobos, escaramujos y amapolas, veía conejitos y chupamieles y lino silvestre, de donde deduje que la palabra, como venía sospechando desde hacía un tiempo, es un órgano de la visión.

Juan José Millás, La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara 2020)

Jamás antes había escuchado hablar de las patatas revolconas. Leí sobre ellas por primera vez ayer, en el libro La vida contada por un sapiens a un neandertal, en un capítulo en el que Millás y Arsuaga se perpetraban* un plato de ellas, tras su visita al castro de Ulaca, siguiendo el rastro de los bettones (escrito con b a petición de Juan Luis Arsuaga).

No sería una anécdota reseñable si no fuera porque, veinticuatro horas después, las anunciaba un amigo como parte del menú para hoy en su restaurante. Dos veces en tan poco tiempo -cuando en 50 años se me habían resistido tanto- me pareció una casualidad demasiado evidente, e imaginé a Millás explicándome que eso se llama una sincronicidad junguiana. Lo escuché claramente en mi cabeza, lo juro.

Sucedió también que durante la lectura del libro oí por primera vez una campaña de aceite de oliva promocionada por otra de mis debilidades nada secretas. José Coronado repite varias veces en un spot que no sabemos lo que tenemos, y nos insta, entre otras cosas, a aprender a apreciar unos buenos huevos fritos. Que le pregunten a Arsuaga, pensé yo, mientras leía que se comían unos huevos fritos por tercera vez en todo el libro. No sé si esto último puede ser sincronicidad o mera casualidad, pero a mi no me conviene que me dé tanta hambre mientras leo.

Millás ocupa un lugar privilegiado en mi lista de autores/as imprescindibles. Es como Woody Allen en el cine: me gusta siempre, pero me gusta aún más cuando cuenta cosas que imagino que son su propia experiencia vital, cuando él es el personaje. Estas conversaciones con Arsuaga son una delicia porque Millás descubre acontecimientos con el interés -y con el desdén a veces- de un niño curioso (incluso, como ellos, se pone impertinente cuando tiene hambre). El retrato inocente, desnudo, sin artificios de la relación entre ambos, cómo se refiere a él como «el paleontólogo», la retroalimentación…todo está tan bien contado que resulta fácilmente digerible, sin caer en el simplismo, y permite enriquecerse no sólo con conocimiento puro y duro, sino descubrir debilidades, miedos, grandezas y, sobre todo, un mundo fantástico con el que es imposible no soltar muchas carcajadas.

Gracias a la prosa hipnótica e inmersiva de Millás, a poco que una tenga interiorizada su forma de hablar, se puede escuchar la voz de Arsuaga en cada una de esas revelaciones que confirman su carácter de sabio de conocimiento universal. Y, lo que es más evocador, permite transitar también con ellos por valles y colinas, visitar el mercado, el museo, la cueva con grabados rupestres, los restaurantes o parques; y sentir la angustia de Millás creyéndose observado y juzgado por la muchedumbre, y la indiferencia de Arsuaga con todo lo que no esté en ese momento en su foco de atención. Capítulo a capítulo se camina con ellos en busca de la explicación a la bipedestación o la braquiación, de las diferencias entre las sociedades y las dietas del Neolítico o el Paleolítico; se percibe la fragilidad de Lucy o el portentoso talento y alzada del pintor de bisontes.

Leyendo La vida contada por un sapiens a un neandertal se aprende también a diferenciar entre esperanza de vida y longevidad, que la antigüedad, historia y prehistoria está ahí a poco que uno la observa; y gracias a Arsuaga y su reivindicación del sabio, a recordar la figura inigualable de Ramón y Cajal, que a mi me retrotrajo a la época en que sólo teníamos un canal de televisión y lo veíamos interpretado por Adolfo Marsillac.

He ido marcando páginas de la edición electrónica para recoger alguna recomendación de lectura de Arsuaga. La comodidad de leer en el mismo teléfono es insuperable, pero me sigue gustando más el papel. Así es que, en busca de una nueva sincronicidad, compraré también la edición física, que pueda acabar dedicado por ambos. Háganse un favor y léanlo, estoy segura de que aprenderán muchas cosas de una de las maneras más divertidas en que jamás lo hayan hecho antes y, cuando menos, les abrirá el apetito para aprender muchas más.

  • Cuando escribo «perpetrar» lo hago en recuerdo a un compañero llamado Joaquín Reguero, fallecido hace años, que nos ilustró siempre con muchas expresiones desquiciadas que quedaron para siempre en nuestro lenguaje.

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