Bebo de Cuba, para siempre

Era el verano del año 2003. La calurosa oficina, situada en el mismo centro de la capital tinerfeña, apenas si llegaba a refrescarse con el aire de un par de ventiladores. Transitábamos desde la mañana a la noche unas siete personas por ese espacio exiguo, rodeados de ordenadores, teléfonos que no dejaban de sonar, papeles y más papeles, periódicos y más periódicos. Yo tenía que salir pitando para revisar las pruebas del programa que se entregaría durante el Festival y aún me quedaban doscientas cosas que hacer.

Son Latinos preparaba la que, aunque aún no lo sabíamos, sería su última edición. Yo ejercía de jefa de prensa… y lo que cayera por allí. Alberto Palenzuela me aguantaba como podía, con esa paciencia suya. Soportaban el mismo estrés, cada uno en lo suyo, Dácil, Nieves, Eva, Conchi, Matilde, Leo con el peso de la mayor producción que se había llevado a cabo en Canarias… incluso el imberbe Yoné vampirizaba lo que podía mi pantalla del ordenador…

Creo que fue precisamente Yoné, con sus insultantes quince años, quien cogió una de esas llamadas inoportunas.

– Emejota, tienes una llamada.
– ¿Quién es ahora?
– Dice que es Bebo Valdés.
– ¿Cómoooo? Trae acá el teléfono

Supongo que en ese milisegundo pensé: este niñato no es capaz ni de coger un recado. Me coloqué el auricular en la oreja y respondí: ¡Dígame!

Al otro lado sonó una voz amable, pacificadora, algo ronca e, indudablemente, cubana.

– Señorita, ¿es usted María Jesús?
– Sí, ¿con quién hablo? (Porque, en el fondo, creía que sería algún ayudante del Maestro).
– Le habla Bebo Valdés.

(Tapé el micrófono porque mis compañeros me miraban expectantes para comprobar si realmente era la llamada que me había anunciado Yone)

-Sí es Bebo!!!, dije susurrando y con señas.

«Dígame, maestro», respondí inmediatamente, «En qué puedo ayudarle».

http://www.youtube.com/watch?v=zffxPnsUMZg

En esos días, en Guagua Producciones, la empresa dirigida por Leopoldo Mansito y Martín Rivero, preparábamos un espectáculo dentro de Son Latinos, en Tenerife, con la familia Valdés al completo sobre un escenario junto al mar. Al aire libre. Tres generaciones juntas por primera vez: Bebo, Chucho y Leyanis. Necesitábamos llevar hasta allí tres pianos de cola que nos traían por el camino de la amargura (no crean que es tan fácil conseguir unos pianos de cola para un espectáculo) y conseguir otros que sirvieran para los ensayos en el local; y muchos otros detalles técnicos que teníamos que tener presentes. Finalmente, tras todos los desvaríos, todo salió a la perfección.

Hablando con Bebo antes de una rueda de prensa.
Hablando con Bebo antes de una rueda de prensa.

Y así era él: Bebo me llamó personalmente para comprobar si los pianos eran los que él necesitaba y si estaban afinados como él quería. Llamó desde Suecia, donde vivía con su mujer. Su tono era cordial, cercano y risueño. Durante la breve conversación, también preguntó por su alojamiento, por el lugar del ensayo y algunos detalles más. Se disculpó por si molestaba tanta ‘vigilancia’ de todos esos asuntos pero, por lo visto, salía esa misma tarde de Suecia y no quería dejar nada al azar porque eran muchas horas de viaje.

Yo, en algún momento divertido de la conversación con el Maestro.
Yo, en algún momento divertido de la conversación con el Maestro.

Puede parecer mezquino hacer referencia, hoy, a esos días en que tuve la inmensa suerte de coincidir con este gran ser humano, pero no he podido resistirme. Desde luego, no lo conocí bien, ni lo conocí mucho pero, en Son Latinos, Bebo fue, sobre todo, una gran sonrisa. De ese mes de agosto recuerdo muchas cosas que quedarán indelebles en mi memoria y, una de ellas es, sin duda, su sonrisa de Chesire: de esas que permanecen allí incluso mucho tiempo después de haberse ido; esa mirada enamorada hacia su mujer; y esa delicadeza impropia de alguien tan alto y desgarbado como él. Verle deslizar los dedos por el piano era contemplar una obra de arte en movimiento.

Con Fernando Trueba, quien estuvo ese año en Tenerife para plasmar el gran reencuentro familiar y de quien proyectamos también una retrospectiva.
Con Fernando Trueba, quien estuvo ese año en Tenerife para plasmar el gran reencuentro familiar y de quien proyectamos también una retrospectiva.

Es absurdo que ahora repita el inabarcable currículo de Bebo Valdés, ni es necesario que haga repaso de sus logros y capacidades. Sólo quería contar lo que quedará en mi retina para siempre: esos ensayos en un salón del centro cultural de Los Cristianos, con Fernando Trueba dejando constancia gráfica de cada uno de sus movimientos; su encuentro con su hijo y su nieta; un inolvidable concierto, y esa capacidad de concitar el acuerdo general sobre su persona: Un ser humano excepcional y un artista sin parangón. Aunque lo volví a ver posteriormente en alguna actuación, no tuve de nuevo ocasión de charlar con él. Descanse en paz, Bebo Valdés.

Uno de los grupos que participaba en Son Latinos quiso sacarse una foto con la familia. Chucho está detrás. Delante, Leyanis con Bebo y su enorme sonrisa.
Uno de los grupos que participaba en Son Latinos quiso sacarse una foto con la familia. Chucho está detrás. Delante, Leyanis con Bebo y su enorme sonrisa.

Mejor que yo, Fernando Íñiguez contaba en una crónica en El País, aquella actuación en la playa de Las Vistas, aquí os la dejo:

Crónica de Fernando Íñiguez en El País

P.D: Añado, por cierto, que de esa época guardo amistades que no dejarán de serlo a pesar del tiempo y de las distancias. Y lo añado porque leo el relato redactado anoche y veo que paso de puntillas sobre cosas que necesitarían más análisis.

Estaban y están las dulces Eva, Nieves y Dácil, mujeres íntegras, trabajadoras, buenas y desprendidas. Corazones grandes y generosos sin los que la vida sería muy aburrida y mucho más solitaria. Dácil, en particular a ti, en estos días, gracias por estar ahí. Ellas disfrutaron mucho más que yo de Bebo una vez metidos en harina y pueden enriquecer este anecdotario con muchos más recuerdos.

El pequeño Yoné, que aún sigue exhibiendo esa juventud soberbia, se ha convertido en un hombre solvente, íntegro, con un sentido del humor desbordante y que me permite contar con su amistad a pesar de los pesares y de las diferencias de los muchos años que nos separan. Te quiero mucho, chinijo. Los calificativos anteriores no hacen más que reflejar mi insufrible carácter, no el tuyo 😉

Y qué decir de Alberto Palenzuela que aguantó siempre con una sonrisa mi actitud cercana al despotismo, comprensivo en los momentos en que dormir era un lujo que no nos podíamos permitir…aunque a veces prefería no hacerlo con tal de disfrutar de unas cañas escuchándolo conversar y contar sus divertidas anécdotas.

Y Leo Mansito, un poco hijo adoptado, un poco padre protector. Responsable de tantas cosas que sería difícil enumerarlas, y sin cuyo concurso mi historia sería otra, bien distinta, y seguro que más aburrida.

La muerte de Bebo ha traído a primera plana anécdotas que están siempre en mi listado de noticias. Y hasta eso le tendré que deber: permitirme este exorcismo de agradecer a los compañeros de entonces que sigan ahí, de una forma u otra, siendo también una de esas cosas, que no son cosas, pero que son imprescindibles.

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