Imprescindible

Existen pocas cosas imprescindibles en mi vida. Y no son cosas. No se engañen, en la de ustedes, sucede lo mismo, solo que igual aún no lo saben.

Uno de esos imprescindibles es Vicente León Blanco. Sin él, hoy en día, literalmente, no podría vivir. Claro que, siendo mi padre, esta afirmación es una obviedad. Sin embargo, ha sido especialmente en estos tres últimos años cuando se ha hecho más de notar. Imprescindible ayuda económica y canguro ocasional, tengo la suerte de contar con un padre que disfruta de su nieto, haciéndome a mi la vida algo más fácil en casos de necesidad.

Mi padre con David
Mi padre con David

Nacido en el recóndito pueblo de San Pedro de las Cuevas, pedanía de Santa Eufemia del Barco, en Zamora, es el mayor de cuatro hermanos (le siguieron David, Teresa y Mariano) y, probablemente, el más recio de carácter. Muchos dicen que heredé su ‘sequedad’ castellana. Él dice que no, que simplemente es que soy «inaguantable»… sinceridad mesetaria de diagnóstico coincidente con el de algunos de mis amigos…

Pero, nada más lejos de ser un hombre merecedor de algún tipo de prevención. Es más, él lo negará, pero estoy segura de que mi natural juerguista es heredado. Le gustaba más una reunión de amigos, una parranda y una fiesta que a un tonto una tiza…y, probablemente, su don de gentes y su natural chistoso y divertido le abrieron muchas puertas.

De chuletada en el monte
De chuletada en el monte

Un poco de la historia:
Nació en el 33, cuando las cosas en España ya no iban demasiado bien. Y peor que iban a ir. En los pueblos se pasaban penurias, pero no tanto como en algunas ciudades porque allí, al menos, se cultivaba y criaba lo que se comía. En la profunda Castilla se curtían los caracteres como las pieles al sol. No obstante, de sus relatos de infancia no se desprende ni un sólo ápice de tristeza, más bien al contrario. Probablemente porque la memoria se defiende incentivando los buenos recuerdos y amortiguando las penas, a pesar de las carencias, de sus idas y venidas, de la imperiosa necesidad de seguir sobreviviendo a trompicones, la evocación de su infancia y juventud es alegre.

Vivaracho, listo, risueño y bastante independiente, Vicente pasó sus primeros siete años en San Pedro de las Cuevas. Mi abuelo, agricultor, tenía dos mulas hermosas con las que también trabajaba la tierra. Entonces, una mula era un tesoro. Llegó la guerra y mi abuelo tuvo que luchar. Lo hizo con el bando ganador y así se convirtió en sargento del ejército. En el 39, cuando acabó la contienda, no sabían muy bien qué iba a ser de ellos y, casi cuando ya se había hecho a la idea de que volvería a arar las colinas de San Pedro de las Cuevas, a algunos les ofrecieron entrar en la Policía Nacional. Así es que, sí, el abuelo Mariano se convirtió en uno de los «grises».

Abuela, tío Mariano, tío David, abuelo, en su brazos tía Tere y a la derecha arriba, mi padre.
Abuela, tío Mariano, tío David, abuelo, en su brazos tía Tere y a la derecha arriba, mi padre.

Con pantalones cortos aún, dejando atrás juegos en «la punta arriba del valle»; rodillas ensangrentadas de caídas en las calles empedradas y polvorientas; el olor de las jaras en las colinas; la sombra reparadora de la encina, o el frío cortante de los inviernos mesetarios; y con solo 7 años, Vicente tuvo que trasladarse a Valencia, donde destinaron a su padre y donde, consecuentemente, fueron todos en busca de una vida mejor.

De esa época recuerda sus escapadas a la salida del colegio a bañarse en los regatos que hacía el Turia cerca de Mislata. Su madre no quería que se metieran en el río y siempre que regresaban a casa él y su hermano le mentían y le decían que no se habían bañado. La abuela Teresa les pasaba la uña por la piel y notaba el rastro del limo seco. Seguidamente, les espetaba una retahíla de reproches que acababan con un «Como un día os ahoguéis, os doy una paliza que os mato».

Poco duró la aventura en Mislata, año y medio, aproximadamente. Las cartillas de racionamiento no daban para una familia tan grande y con el exiguo sueldo apenas si se conseguía pan de estraperlo. El hambre era muy fuerte en las ciudades como Valencia en esos primeros años tras la guerra y allí se quedó su padre mientras ellos volvían a Zamora.

Vicente y David ingresaron en un colegio de monjas para seguir estudiando. Le gustaba hacer tropelías. «Un día», cuenta, «me lié a tirar piedras contra la puerta y las ventanas del colegio porque habían castigado a David, y a base de pedradas conseguí que lo soltaran». «Otro día», prosigue, «la tomé contra unos estandartes que tenían las monjas en el jardín para mantener derechas las plantas…lo tumbé todo de una patada». El resultado de semejante «conducta ejemplar» fue una expulsión. Hoy, lo hubiesen mandado a un psicólogo, claro.

Foto hecha en junio del 49. Parece un montaje para hacer la foto de familia cuando David y Vicente aún estaban en Valencia.
Foto hecha en junio del 49. Parece un montaje para hacer la foto de familia cuando David y Vicente aún estaban en Valencia.

Volvieron a Valencia a reunirse con su padre cuando la cosa mejoró y allí pasaron otros dos años, aproximadamente. Se matriculó en el instituto Luis Vives, con mejor fortuna que con las monjas zamoranas, por lo visto. Hace poco me enseñó sus cuadernos de dibujo en los que se intuía una estupenda capacidad para las artes. Sin embargo, sus estudios se interrumpieron y, con trece años, se embarcó. Poco después, a mi abuelo le concedieron el traslado y volvieron a reunir los bártulos para regresar a la provincia natal. Mi tío David quedó en Valencia, otros dos años, internado en un colegio. Mi padre seguía embarcado, con 15 años, buscándose la vida mientras la familia regresaba a Zamora.

Ya con 17, tuvo que dejar el barco porque le exigían tener el servicio militar. De vuelta a Zamora, Vicente trabajó de camarero, de obrero en una presa y, posteriormente, lo llamaron para el ejército. El servicio militar lo hizo en infantería de marina en Andrach, en Mallorca, donde fue cocinero de la tropa y luego de los altos mandos y, después, ingresó él también en la policía. Anécdotas aparte, para no alargar mucho más el relato, al salir de la academia decidió que, de lo poco que le quedaba ver por España, quería venir a Canarias a disfrutar de su clima…Y aquí se quedó. Se jubiló como Comisario de la Policía Nacional hace ya tantos años que pareciera que nació jubilado.

Recién salido de la academia de policía
Recién salido de la academia de policía

Vuelta a la época actual.
Después de conocer algo más sobre su vida, queda claro que su sequedad inicial, que no puede ser confundida con aspereza, es una forma de educación, una en la que la expresión de los sentimientos es, más bien, poco frecuente. Eso sí, comparado con mi madre, que era muy dada al abrazo o al beso incontinente, mi padre era un erial. Manteniendo siempre el tipo, serio, con voz firme y ruda como las encinas bajo las que se cobijó en su infancia, hacía que todos mis amigos le tuvieran un respeto que se distinguía muy poco del miedo. ¡Cualquiera le levantaba la voz!

Pero nosotros, sus tres hijos, sabíamos cómo era. Un padre, como cualquier otro, un refugio al llegar a casa y un jefe al que obedecer…a veces. Nos peleábamos como gatos en una riña por una raspa y allí aparecía él, implacable, con su 45 de zapatilla a zanjar la discusión…aún sin usarla. Esa disciplina que hoy en día es tan poco frecuente, ese respeto reverencial, no podía surgir de otro lado que de su propia convicción en que los padres no son amigos, son los jefes de la manada, y la manada debe responder a sus órdenes. Sin más. Una certeza, por otro lado, que puso en práctica después de que a él le aplicaran la misma máxima. Desde que lo educaron a él, los tiempos cambiaron y las formas se suavizaron, pero la rectitud y la obediencia de la jerarquía jamás fue objeto de debate, aunque, nosotros, como niños que éramos, no siempre respetáramos la norma impuesta.

Recogiendo un premio
Recogiendo un premio

Por otra parte, a ninguno nos quedó duda jamás de que nuestro padre nos quería. Nunca nos faltó de nada y, aunque no recuerdo haber podido satisfacer ni uno solo de los delirios caprichosos propios de una infante (juro que debíamos ser los niños que menos dulces y chucherías comieron en la infancia de aquellos años 70), siempre pensé que con él se estaba a salvo de cualquier peligro. Tanto si nos levantaba del sofá cuando nos quedábamos dormidos y nos metía en la cama, como cuando nos despertaba por las mañanas para ir al cole, él era el equilibrio frente al desvarío caótico de una madre en constante estado de preocupación y tensión. Su función pacificadora y estabilizadora aportaba el contrapeso en la familia. Es una pena que ambos no hayan podido disfrutar ahora de una vida más tranquila, con mi madre lejos de esas obligaciones tediosas y de tres fieras insurgentes que tuvo que sacar adelante muchas veces sola por culpa de los numerosos viajes y los destinos peninsulares de mi padre.

De mis recuerdos de infancia guardo con cariño los momentos en que regresaba de sus múltiples cursos para sus ascensos, o de los concursos de tiro en que volvía con sus medallas en la maleta y siempre me traía algún libro de Los Cinco de Enid Blyton. Tampoco puedo olvidar los interminables viajes en el Triumph 2000 desde Cádiz a Zamora, con un calor mortal, peleándome con mis hermanos porque nos rozaban las rodillas y se nos pegaban los muslos al skay del asiento. Ese olor a la carretera recién asfaltada, año tras año; ese leve mareo y la sensación de que, llegando a Zamora, podría correr a la velocidad de la luz si mi padre hubiese aceptado la petición de parar el coche y dejarme en el arcén para estirar las piernas hasta el infinito o, por lo menos, hasta la puerta de casa. También recuerdo sus imitaciones de Gila al teléfono rojo de casa, cuando en nuestro cumpleaños venían algunos amigos a casa a tomar coca cola y emparedados de jamón y queso de bola; o los momentos en que se iba la luz (que era con mucha frecuencia) y teníamos que iluminarnos con velas y conformarnos con la única diversión proporcionada por sus cuentos de Chisdasvinto o Garbancito o sus chistes repetidos una y otra vez:
«Oli, ¿las aceitunas tienen patitas?
No, Stanley.
Pues entonces me he comido una cucaracha!».

Ese Triumph 2000
Ese Triumph 2000

Recuerdo también, con cierta quemazón, cómo en uno de esos ataques de imaginación burlona, nos hizo mantener durante muchos días la ilusión de que convertiríamos un autobús en un apartamento, tipo caravana, para pasar unos días en el pueblo el siguiente verano. Lo hizo dibujando la planta en el cartón de ese maldito tabaco que no dejaba de fumar ni cuando comíamos y que le proporcionó su cáncer de pulmón y sus aneurismas (odio el tabaco desde entonces). Jamás hicimos cosa semejante, claro está. Y mis hermanos y yo nos decepcionamos muchísimo.

Mi padre, tan castellano él, era muy aficionado al folklore canario. Así es que en mi casa nunca faltó una isa o una folía, bien cantada por mi madre, o bien cantada por mi padre. Tanto era así que lo nombraron director de la parranda de la Policía. Con él viajé por primera vez a Las Palmas de Gran Canaria donde la parranda fue invitada para grabar el programa de Nanino Díaz Cutillas. Y allí estaba yo, en ese momento tan importante, entre el público de un programa histórico, con mis 14 años, más o menos…

Cierro el relato, extenso, porque 80 años de vida no se resumen de cualquier manera, contando que a mi padre le gustaba escribir. Tenía una máquina que luego usé yo mucho y con la que aprendí mecanografía. Era una Olympus de teclas duras que había que aporrear con fuerza para conseguir levantar los caracteres. En ella, de vez en cuando, escribía cosas. Apuntes, borradores, en esos mismos pedazos de cartón de tabaco que reciclaba lo mismo para hacer una lista de la compra como para apuntar los resultados de una quiniela. En uno de ellos, escribió un texto dedicado a la lucha canaria que apareció el otro día rebuscando en mis cajas y que aquí les dejo e ilustro con la foto del texto original.

El escrito sobre la lucha canaria en un trozo de cartón de tabaco...
El escrito sobre la lucha canaria en un trozo de cartón de tabaco…

La lucha canaria es noble,
no es un combate de guerra,
solo tienes que intentar
dar con el contrario en tierra.

Inténtalo con un cango
o con una pardelera
y si aún se tiene en pie
derríbalo por cadera.

Después de que lo hayas tumbado,
como si fuese tu hermano,
ayúdalo a levantarse
ofreciéndole tu mano.

Así es como se demuestra
la nobleza y el valor
del canario bien nacido,
que nunca es abusador

Esto es lo que nos enseña
el vernáculo deporte:
A ser siempre un caballero
en la villa y en la corte

Por eso de corazón,
desde el Puerto a Candelaria,
tenemos que pregonar
¡¡Viva la lucha canaria!!

13 comentarios sobre “Imprescindible

  1. Precioso MJ. Y con curiosa similitud en algunas cosas como en el carácter de tus padres, el libro de Los Cinco, los chistes de Oli y Stanley (solo que en casa los chistes y las isas los contaba y las cantaba mi madre). También hacíamos kilómetros en coche a Las Cañadas y se me grababa el dibujo del asiento en el cachete cuando me quedaba, la mayoría de las veces, dormida en el asiento de atrás. Mi padre solía subirme los tres pisos en brazos ¡no había ascensor!…. Gracias por dejarnos un trocito de tu vida y despertar lo imprescindible de las nuestras. Besos.

  2. Grande, María Jesus, muy grande. Me ha encantado que me acercaras de esta manera a la vida de un hombre, que bien pudiera ser uno mismo dentro de 40 años. Ojalá y a uno le puedan recordar con el mismo cariño que tu le profesas. Sería todo un éxito en esta vida.

Replica a Miriam Cancelar la respuesta