El Viaje

-Si me ayuda un poco con las maletas, se lo agradezco.

El taxista tiró la colilla a la acera y se acercó para empujar lastimeramente los bultos al interior del maletero. Los únicos bufidos de esfuerzo los hacía ella.

-Lo siento, pero ya le dije a la de centralita que me mandara un taxi con mucha capacidad porque voy muy cargada.

-Señora a mí sólo me han dicho que venga, no me dijeron nada de tener que coger maletas. Tengo la espalda fatal.

Ella lo miró resignada pensando que si llevara tacón y minifalda o un buen escote, hubiera perdido el culo por meter cualquier cosa…incluso las maletas.

– Bueno, pues vamos al aeropuerto- dijo ella arrellanándose en el asiento trasero y recomponiéndose un poco después del esfuerzo.

Al llegar, Clara bajó del coche y sacó todas las maletas mientras el taxista volvía a echarse un pitillo y hacía como que llamaba por teléfono.

-Son 26€, dijo acercándose cuando el equipaje ya estaban en el carro.

-¿Pero cómo 26€ si marca 24?

– Y el suplemento por entrar al aeropuerto y por el equipaje.

-¿Me va a cobrar suplementos si sabe a dónde íbamos y el equipaje lo he subido y bajado yo?

-Así es la norma.

Clara decidió no protestar más porque se le echaba el tiempo encima. Rebuscó en el monedero  para dejar el importe exacto, y colocó un billete y un puñado de moneditas en la mano tosca, secorra, amarillenta y regordeta de aquel hombre, que la miró un poco contrariado y desconfiado, dispuesto a contar el dinero antes de dejarla marchar. Pero cuando levantó la mirada, ya sólo se veía el orondo trasero de la muchacha meneándose con prisa hacia la terminal. El taxista no pudo apreciar la sonrisa pícara que se dibujaba en su boca sabiendo que, entre el montón de moneditas de dos y un céntimo, faltaban diez para llegar a los 26€. Era su particular venganza, nada demasiado reprobable, pero algo que sabía que cabrearía al sujeto.

Por el aeropuerto pululaban miles de almas. Nunca le habían gustado los lugares concurridos, se sentía observada, a pesar de que era imposible que nadie quisiera fijarse en ella entre aquel trajín. De hecho, pasaba tan inadvertida que más de uno le echó el carro literalmente encima, como si no fuera lo suficientemente grande como para verse bien. La segunda vez hizo un mohín y ni siquiera esperó la disculpa. Recogió una de las maletas que había caído al suelo con el encontronazo y siguió buscando su mostrador de facturación. La cola era interminable. De repente, le entraron unas ganas terribles de hacer pis, así es que la espera se le hizo interminable. Algo neurótica por naturaleza, el nivel de estrés que estaba soportando estaba ya suficientemente alto como para que la pequeña venganza al taxista le supiera a poco.

terminal

– No encuentro su reserva- le dijo el hombre tras el mostrador de facturación.

-¿Cómo que no encuentra mi reserva? Será una broma. Pagué y reservé este viaje hace seis meses.

-Pues no la encuentro- Déjeme mirar otra vez porque igual lo que ocurre es que la tiene para otro vuelo- Le dijo con displicencia.

-No, mire, lo tengo para hoy a esta hora, ahora mismo busco la confirmación en mi correo electrónico que me lo reenvié anoche precisamente.

Le enseñó el móvil con la confirmación de la aerolínea. El azafato le respondió encogiéndose de hombros.

-Pues aquí no está, le repitió- Un segundo, le dijo volviendo a teclear– Mire, aquí hay una persona con sus mismos apellidos, pero con otro nombre Clare Trello Schmunck

-¡Hombre, por favor! ¡Claramente es mi reserva!

-Se lo voy a admitir, pero el dni no concuerda con el nombre que figura aquí- respondió sin mirarla.

-Mire, de verdad, es un poco absurdo que discutamos por esto. Puede usted buscarlo por el número de reserva o por el DNI y le va a dar el mismo resultado…

-Yo no discuto, señora, yo sólo cumplo las normas. Por cierto, el vuelo está con overbooking, está usted en lista de espera para la asignación de una butaca y…

En ese momento empezó a llorar desesperadamente, no había sitio para más lágrimas, más mocos, más hipo… Le salía todo a borbotones por todos los lados, estaba casi hiperventilando y, entonces, detrás de ella escuchó:

-“Eh, tú, la gorda, termina ya que hay gente esperando”

El azafato del mostrador le entregó un papel, le devolvió su documentación y le pidió de manera condescendiente que se apartara. En el instante en que arrastraba su trolley, sorbiendo los mocos, hacia la ventanilla de reclamaciones, distinguió al taxista haciéndole aspavientos entre la multitud… Juró que jamás volvería a viajar por Navidad.

(Relato para el Reto Bradbury Una semana, un tema, un cuento corto. Esta semana, tema libre).
A petición de una amiga de Facebook (Yanired, aquí lo tienes), actualizo el relato superando un poco el límite de palabras para nuestro reto del cuento corto.

«La pobre Clara siguió vagando por el aeropuerto internacional y cuando, por fin, le encontraron un asiento en un vuelo, al llegar al destino le perdieron las maletas. Sin ropa ni pertenencias, ni dirección que dejar para la devolución del equipaje, decidió quedarse en la terminal de aquel lugar inhóspito (un país desconocido, único destino con plazas libres en el primer vuelo que salía de su aeropuerto). Cuentan las leyendas que, cuando se hace de noche, aún se puede escuchar su trolley rodando por los pasillos desiertos y tropezando con los cubos de fregar de las señoras de la limpieza. Colorín colorado…»

 

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