Cuento de Navidad

Las luces seguían colándose entre las rendijas que dejaban las cortinas. Intermitentes y un poco frenéticas, desde dentro, en principio, nada parecería fuera de lo habitual, teniendo unos vecinos cada vez más ostentosos y horteras en lo que a iluminación navideña se refería. Hasta entonces, la noche transcurría como de costumbre. Cada año el mismo rollo de cena que me había costado un potosí. No es que no pudiera permitírmelo, es que hacía unos años que el mero hecho de que dieran por sentado que sería yo la que iría al mercado y haría la comida empezaba a irritarme, por no hablar de que las nueras de mis hermanas sólo levantaban un plato si era para pedir otra ración del pavo. Y eso era raro, porque parecía que la dieta de las sujetas consistía en una pasa y un buche de agua cada dos días.

Todos se reunían aquí porque era la costumbre, ya no se planteaba otra alternativa, pero a mi cada año se me hacía más cuesta arriba, más aún después de fallecer mis dos hermanas. Dos esclavas que se pasaron la vida limpiando culos, fregando lo que otros ensuciaban e ignorando humillaciones evidentes. No tuvieron ojo para educar a los chicos.

Cuando había niños era más bonito porque me ayudaban a montar el árbol y el belén, cocinábamos juntos… Aunque sólo me visitaban en estas fiestas y en el verano, no me venía mal la compañía de los pequeños, que le daban frescura al día y a la propia Navidad. Pero hacía tiempo que se iban con sus novias, o que preferían planes con sus amigos y, desde luego, sólo venían a cenar a regañadientes. No eran mis nietos, no se sentían en la obligación de visitarme. La tía abuela solterona del pueblo no interesaba demasiado.

Y luego estaban las conversaciones. Esas eternas discusiones sobre cómo arreglar el mundo que eran tan absurdas como inútiles. Y siempre había alguien que acababa dando un portazo después de advertir que se iba “a tomar un poco el aire o no sé yo…”.

-“Libertad, fraternidad e igualdad”- decía mi sobrino nieto Pascual cada vez que salía el rey con su discurso, mientras se metía entre pecho y espalda una tosta de foie con cebolla caramelizada.

-Viva la República- coreaba su hermano Patricio comiendo también a dos carrillos.

Su tío Parménides bajaba la cabeza y mascullaba algo entre dientes, hasta que se enfadaba lo suficiente como para gritarles que se callaran, que quería escuchar el discurso, que si todos los años lo mismo, y que si eran tan republicanos que se fueran de España a algún país de “moros de esos que tanto os gustan”…

Y así, año tras año, sobre todo en los últimos siete. Los chicos acababan y se iban. A veces tan precipitadamente, que me acercaba a la cocina a traer los turrones y al volver había desaparecido la mitad. Sin despedirse siquiera.
El año pasado pedí al muchacho del colmado que se acercara a la ciudad y me encargara los entremeses, porque no me veía con fuerza para prepararlos sola. Protestaron, claro, no estaban tan buenos como los míos. Así es que, este año, volví a esforzarme por hacer la cena familiar para quince, teniendo en cuenta gustos, alergias y categoría del menú para la noche en cuestión.

Al llegar la hora de los regalos, que adelantamos porque los chicos tenían que irse a una fiesta que empezaba justo a las once, todos recibieron de mi parte sólo una tarjeta. Al volver al salón con el licor que solíamos tomar para el brindis, estaban cuchicheando entre ellos, con cara perpleja, que igual tendrían que ir pensando en internarme en algún sitio, que ya chocheaba. Supongo que se reafirmaron en su idea al verme sonriente de pie, mirándolos a todos mientras repetía el texto del tarjetón de regalo:

LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD.

Las primeras convulsiones las tuvo Pascual, que era el más escuálido. Luego cayó el resto poco a poco. Alguno acertó a preguntar:

-“¿Qué has hecho?”

-La revolución- contesté mientras me tomaba mi copita de Perfecto Amor sentada en mi sillón favorito de orejas, tapizado de unas flores malva preciosas.

No tardó en aparecer la policía, alertada por una llamada al 112 que hizo uno de mis sobrinos antes de ponerse totalmente azul y desplomarse en el suelo. Las luces rotantes de los coches patrulla iluminaron la calle y se colaron por las rendijas de las cortinas, que abrí de par en par para disfrutar del espectáculo.

(Relato escrito para el Reto Ray Bradbury, una semana, un tema, un cuento corto. El tema de esta semana era el lema Libertad, igualdad, fraternidad)
lady
La imagen nada tiene que ver con el relato. Está extraída de internet de la noticia de una señora que afirma que su longevidad se debe al cigarro y el güisky (a mi que me registren)

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