Las tijeras

Se levantó del sofá y rebuscó en la caja de costura. Allí tampoco estaban las tijeritas pequeñas, esas que tenían tantos años que estaban marcadas con una considerable cantidad de herrumbre entre las piezas. Pero ninguna otra cortaba como esa. Tendría que usar las nuevas, pero le daba mucha rabia porque dejaban deshilachada la punta del hilo, y luego era imposible enhebrar la aguja. Descartó ese pensamiento de verse negra intentando ensartar el hilo en el pequeño agujero y lo cambió por una horrible sensación de peligro que le atenazó la boca del estómago.
Hacía ya un rato que no escuchaba ningún ruido en casa. Se lanzó con el corazón en la boca pasillo adentro y recorrió las habitaciones con sensación de urgencia, con una impresión desagradable de que algo horrible había pasado. ¿No habrá vuelto a jugar con las tijeras?, se preguntaba mientras recorría las estancias de la casa de manera desenfrenada pronunciando el nombre de su hijo, esperando en vano una respuesta.
No estaba. Ni jugando con las tijeras, ni en su habitación con las construcciones que tanto le gustaban. Ni rastro de él.
Se volteó en dirección a la entrada tratando de serenarse, con los ojos saliéndosele de las órbitas mientras involuntariamente seguían recorriendo cada rincón de la estancia con un frenesí inusitado, como si estuviera en estado REM, sin ver, realmente, nada de lo que se presentaba ante sus ojos. Acertó a asomarse por una de las ventanas traseras. Ni siquiera le parecieron familiares aquellos barrotes que impedían tanto la entrada desde fuera, como salir desde la habitación. Escudriñó a lo lejos el pequeño parque infantil, desierto en ese momento. Gritó: “¿Alberto?!” Nada. Cerró la ventana visiblemente nerviosa.
Por su cerebro pasaban todo tipo de preguntas inculpatorias: “¿Habré dejado alguna puerta abierta, tocarían al timbre y no me enteré ensimismada en la costura?” La angustia se apoderaba de ella por momentos mientras los pensamientos se atropellaban en su cabeza sin dejarla reaccionar. Aún tenía en las manos el pequeño tapete que trataba de remendar cuando se percató del silencio. El silencio que ahora echaba de menos, que quería que volviera por un momento porque en su cabeza sólo había un ruido infernal, como de mil enjambres de abejas, que no le dejaban pensar con claridad. Quería moverse, lanzarse hacia la puerta o hacia el teléfono y llamar a su marido para preguntarle si estaba con él… Pero allí seguía, con el corazón golpeándole dolorosamente en el pecho, con la cabeza aturdida, y parada como un mueble en medio del pasillo. En penumbra y sin reaccionar.
De repente se fijó en las tijeritas. Estaban en la mesita de la entrada, donde dejaban las llaves de casa al entrar, ajenas al trajín que sucedía a su alrededor. La paz que desprendía ese objeto la trajo de nuevo a la realidad. Se lanzó hacia el teléfono y marcó el número de la policía.

tijeras
Le costó recordarlo. De nuevo, la confusión le entorpecía la vista, le reducía la capacidad introducir correctamente el código de números apropiado. Varias veces pulsó algún número extraño tras el que recibía tan sólo una respuesta sonora irritante. Colgaba y volvía a intentarlo. Las manos le temblaban. Por un momento, tampoco reconoció aquellos dedos huesudos que hoy no atinaban con nada. Finalmente, oyó una voz al otro lado del teléfono.
-Policía, dígame.
-Han, han… – sollozaba -He perdido a mi hijo- acertó a balbucir.
-Señora. Tranquilícese. Qué edad tiene el niño.
-Se…siete años.
-¿Dónde lo ha perdido?
-En casa, estaba aquí conmigo y ya no está…
-¿Existe la posibilidad de que haya salido a jugar?
-No tiene costumbre. No. Se lo tenemos prohibido su padre y yo. Por aquí cerca hay un parque pero, pero no lo veo…- La tensión se acumulaba en sus sienes a medida que iba dándole explicaciones al policía, la sangre parecía que iba a reventarle la cabeza, no soportaba ese tamborileo a ambos lados de la cabeza. Empezó a llorar desesperada.
-Señora, díganos cuál es su dirección, pasa una patrulla a verla ahora mismo
-Hagan algo, por favor, no recuerdo el número de mi marido. Mi marido está trabajando y tengo que decirle lo que ha ocurrido, igual se ha ido con él a la oficina.
-Señora, díganos por favor su nombre y dirección- repetía el policía.
Quince minutos después, la policía golpeaba la puerta de la vivienda. Al abrirla, encontraron a la mujer acurrucada en el sofá al lado de la caja de costura. No dejaba de llorar y de repetir que había perdido a su hijo. Con ellos, entró un hombre de mediana edad, de paisano. Tras un intercambio de impresiones, los agentes dejaron al hombre a solas con ella.
-Pedro- dijo ella entre sollozos. -He perdido a Alberto. No sé dónde está Alberto- repetía- ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Está contigo? Creía que estaba en la habitación. Soy tonta, soy tan tonta por no mirar si estaba bien cerrada la puerta…
-Mamá, soy yo. Mamá, tranquilízate. Soy Alberto. Vamos que te meto en la bañera. Verás qué bien te va a sentar un bañito y la cena.
-Pedro. ¿Eres tú?- le repetía al hombre que intentaba ayudarla a incorporarse con dulzura.
-No mamá. Soy yo, Alberto, tu hijo. Soy yo. Vamos, mamá. No te preocupes. Estoy a salvo.
-¿Estás bien? ¿Seguro?- le dijo mirándole a los ojos y mucho más tranquila –Alberto ¿Me ayudarás a buscar las tijeras? También he perdido las tijeras.

(RELATO ESCRITO PARA EL “RETO BRADBURY PARA ESCRITORES ATREVIDOS”. UNA SEMANA, UN TEMA, UN RELATO CORTO. Tema: suspense)

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