Tempus Fugit

-Tempus fugit- le dijo aquel día su novia.

-Tempus fugit, Javier. Hagámoslo ahora que podemos, que luego, nunca se sabe, el tiempo pasa y nos convertimos en viejos que sólo han visto el mundo en la pantalla de un ordenador…

A él le había parecido una estupidez. No le gustaba el mar, no le gustaba el sol, no le gustaban los barcos. Pero estaba dispuesto a ceder por ella.

-Me vas a deber una muy gorda. Meternos en esta chalana con cinco personas más no es mi ideal de diversión.

-Eres un gruñón. Y esto no es una chalana. Mira qué impresionante- le dijo señalando las fotografías de la embarcación multicasco del catálogo que le había tendido la agente de viajes. En él, un grupo de mujeres estupendas y chavales de pectorales hiperdesarrollados sonreían mientras se tomaban selfies o charlaban animadamente con copas en la mano en un entorno idílico dominado por tonos blancos y azul turquesa.

-¿Ves? Los catamaranes son muy seguros… Y preciosos, muy estables, rápidos…

-Estás haciendo mi trabajo muy bien- rió la agente de viajes, que llevaba tanto maquillaje encima que no se sabía muy bien si era guapa o simplemente estaba muy ‘enfoscada’.

Rebeca le sonrió con excitación.

-Aquí podemos pasarnos el día sin hacer nada. Es justo lo que necesitamos, relajarnos, dejar las preocupaciones durante unos días, el móvil sólo para tomarnos fotos…catamaran

-Además- intervino de nuevo la agente –Es un chollo, porque la última hora en este tipo de viajes no es habitual. Vais a ir por una cuarta parte del precio, pero el capitán prefiere salir lleno. Una superstición…

-Tempus fugit- Le repitió su novia. –Vivamos la vida loca. Quién sabe dónde estaremos el año que viene y si podremos irnos de vacaciones.

– De acuerdo- accedió con desgana -¿Qué necesitamos llevar?

Rebeca le plantó un sonoro beso en la mejilla, la agente empezó a sacar los papeles del contrato y a él le dio un leve mareo del que nadie más fue consciente, como si se lo estuviera tragando una enorme corriente espiral hacia el abismo.

–Tengo que desayunar algo, creo que se me está bajando el azúcar-acertó a decir.

Los primeros días no habían ido demasiado mal. El mareo en el catamarán se pasó pronto. De hecho, casi fue imperceptible, sólo el que le provocó ese olor a mar y combustible, pero resultó ser una embarcación bastante estable. Sin embargo, aún no se acostumbraba a caminar por encima de la cubierta sin agarrarse a cualquiera de los cabos o los objetos que se encontraba a su paso. Era más una sensación propia que una necesidad, y el resto de compañeros de viaje se reía de él por ser tan patoso. El segundo día, incluso, liberado de sus miedos iniciales, pudo disfrutar con la opípara cena y el champán, aunque le dolía algo la cabeza. No estaba acostumbrado a tanto sol. Por mucha gorra que se pusiera, el cráneo se le recalentaba y tenía que buscar la sombra.

-Menos mal que no tienes pelo- le gritaba Rebeca divertida –Si llegas a tener melena no aguantas ni diez minutos.

Tenía que reconocer que el viaje le estaba sentando muy bien. Las pequeñas calas a las que accedían eran paradisiacas, y los días se pasaban en un pestañear. Tempus fugit, recordó un día al salir a la superficie después de hacer una incursión submarina con snorkel y observar el atardecer sobre el horizonte. Se alegraba de haber hecho caso a Rebeca.

Lo recordaba ahora, ensimismado en sus pensamientos, mirando al cielo desde aquella diminuta cáscara de nuez en la que se desplazaba (o no, no lo sabía muy bien), con la única compañía de algún albatros amenazante al que no conseguía dar caza. Demasiado débil para lanzarse a por ellos, demasiado entumecido como para pensar una estrategia. La piel de su cabeza se despellejaba a la misma velocidad que la de sus labios. Parecía que llevaba allí una eternidad, pero miraba el reloj náutico que le había comprado Rebeca antes de iniciar el viaje y sólo habían pasado tres días, catorce hora y veintitrés minutos. El golpe de la botavara lo dejó inconsciente sobre el trampolín del catamarán. Después, no conseguía hilar más recuerdos hasta el momento que se despertó en la balsa, solo, dolorido, sediento, vestido con un bañador de palmeras y descalzo.

Tempus fugit, se recordó una vez más. Aunque esta vez, tenía la sensación de que lo único que se iba rápidamente era su aliento, mientras que el tiempo se desplazaba correoso por la nada. La nada más absoluta, la soledad más desesperante. Cerró los ojos para protegerse de un destello. Uno más de los rayos refractados sobre la superficie del mar, pensó. No acertó entonces a distinguir en la distancia a otro catamarán, hermoso, reluciente y repleto de gente feliz, que se dibujaba en el horizonte.

(RELATO ESCRITO PARA EL «RETO BRADBURY PARA ESCRITORES ATREVIDOS». UNA SEMANA, UN TEMA, UN RELATO CORTO)

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