
«No me escribas el apellido mal. Va junto con un guión, y con acento tanto Álvarez como Nóvoa», me dijo la primera vez que fui a hacer una convocatoria para presentar El Vuelo del Guirre, la cinta que los hermanos Ríos, en un nuevo y titánico esfuerzo por rodar largometrajes en el Archipiélago, preparaban esos días. «No señor, gracias por decírmelo, los nombres y apellidos son cada uno de su padre y de su madre, nunca mejor dicho», comenté sonriendo. Pero Carlos no sonrió demasiado, bien sabía él que no había excusa para la ignorancia. Doctor en Filología Hispánica, entre otros títulos académicos, tuve el privilegio de charlar con él de Lengua y Literatura en alguno de esos parones del intenso rodaje que tuvo lugar en el año 2006. Hablábamos también en esos trayectos entre el hotel y los escenarios del Sur en que se rodaban las escenas viajando, junto a Adrián Rodríguez -coprotagonista y, para siempre y desde entonces, mi adorado ‘sobri’ postizo- en mi desvencijado Ibiza verde. Conducía yo realizando una de las múltiples funciones que desarrollé en la producción: responsable de comunicación, fotofija, relaciones públicas, runner… Así son los rodajes de bajo presupuesto y alto entusiasmo.
Hoy, en el día de su fallecimiento, nos hemos vuelto a juntar en ese espacio virtual que son las redes sociales algunos compañeros de aquella aventura. Todos coincidimos en señalar su capacidad interpretativa y su sosegada bonhomía. Su saber estar, su saber pasar… Era un hombre adorable como ser humano y admirable como profesional, poseedor ya en ese entonces de un Goya (curiosamente como actor revelación) por la película Solas, de Benito Zambrano. Carlos era de esas personas a las que se les nota de lejos que hay mucho contenido dentro de ese aparentemente frágil continente.
Nos sorprendió a todos con una fuerza física comparable a su fuerza vital, y nos empapó a de una calma indispensable en la miríada de momentos tensos que se viven en un trabajo como el que llevábamos a cabo. 
Cuando acabó el rodaje, se acercó a una tienda de regalos y compró para todos los miembros del equipo un regalo, personalizado con una nota que, maldita sea, sé que está en algún lado y hoy no soy capaz de encontrar. Un detalle que resumía la esencia de lo que habían sido esos meses de convivencia: preciosas pequeñas joyas que atesorar.
Volví a verlo en persona interpretando Soldados de Salamina, en Madrid. Me acerqué a saludarlo tras la obra y, como no, me recibió con los brazos abiertos. Tomamos después una caña rápida y nos despedimos. Fue la última vez. Ahora ya no habrá una próxima. Pero gente como él, siempre deja una huella imposible de borrar. Descansa en paz. (Todas las fotos de esta entradas son de mi autoría y fueron realizadas durante el rodaje de la película).
