Tengo estupendos recuerdos de mi infancia pero casi todos se circunscriben a mi época de vacaciones en Zamora. Son los mejores, sin duda, y seguirán siéndolo ya de por vida. Antes de que llegue el olvido, quiero hacer una somera semblanza de algunas características propias de esas vacaciones, muy unidas a mi desarrollo como ser humano y como ser comunicativo. Una de esas características fue el lenguaje.
Aquí va mi primera entrega de ‘Antes de que llegue el olvido’, aunque la segunda tarde en llegar porque la memoria es desordenada 😉
La abuela Teresa:
Mi abuela echaba a la cacerola fréjoles y patatas cuando comíamos habichuelas y papas. Eran lo mismo, pero llegué a pensar que no. En Zamora sabían distinto. A veces les ponía sólo un chorreoncito de aceite, otras freía unos ajos y esparcía la aceitosa mezcla por cima y, las otras, le ponía pimentón okal a la fritura. Dependía del humor que tuviera y de lo que nos apeteciera de condumio, como decía ella.
A mi, por lo general, me daba igual, lo que no quería era comer fréjoles. Nos pasábamos el verano entero comiéndolos casi todos los días de la semana. Pero era la verdura de temporada, lo más barato, y había que prepararlos.
Mi abuela me mandaba apetamente a comprar los fréjoles a casa de Isabel, la vecina, que, además de unos gochos guapísismos a los que mi abuelo solía capar, tenía una huerta en Roales y apañaba unos pimientos riquísimos para freír. Esos, por lo general, acababan en el bocata de la merienda, junto a la tortilla, que nos llevábamos al embalse cuando íbamos a Almendra a pasar la tarde. Aunque también había bocatas de un impresionante chorizo que iba empapando de grasa el pan en el que dormía hasta la hora de abrirlo tras los primeros chapuzones.
Los colchones de la casa de mis abuelos eran de lana. Yo hubiese dormido hasta encima de un saco de paja, la verdad, por eso no me costaba nada adaptarme pero…¿Amollecer el colchón cada mañana? Ufff… ¿Habéis intentado, con nueve o diez años, ablandar un colchón de lana, orearlo y mullirlo hasta que a la vista, una vez hecha la cama, no se aprecie ninguna diferencia con una cama hecha con colchón de muelles? Os aseguro que es un ejercicio bastante potente 😉
Mi abuela no se ponía el delantal para hacer la jera de la casa, usaba el mandil; guardaba las cosas de la costura en la bachilla; usaba una enorme cuchar para revolver los guisos; ponía agua en la herrada para lavar unas piezas de ropa; candaba la puerta; o usaba el chisquero para encender la lumbre de la cocinilla y usaba rodilla como trapo de cocina. ¿En qué otro lugar de España llaman a la regaliz, a esa rojita tan rica, campeche? Pues en Zamora.
Mi abuela, tan pequeña que pronto superé su altura; tan nerviosa que parecía que al andar la llevaban en volandas una miriada de hormigas, enjuta de faz, con su moño hacia atrás sin despeinarse, que jamás usó un tinte, que encendía la habitación en la que estaba si sonreía, aunque no lo hiciera muy a menudo, vestía siempre de negro y gris. Tenía esa forma de reprocharte las cosas propias de las mujeres que se refugiaron durante mucho tiempo en la religión, probablemente porque quería creer que había otro sitio donde vivir no costara tanto trabajo.
La abuela, como nos referíamos a ella, como si no hubiera más en este mundo, murió hace muchos años, de una prolongada enfermedad contra la que luchó con ese empecinamiento que le ponía a todas las cosas.
Durante largo tiempo permanecieron sus mandiles grises y raídos detrás de la puerta blanca de la cocina; sus vírgenes y estampitas en los armarios de la casa; y cuando una entraba por el pasillo y estaba el corral abierto, aún se la veía sentada en su silla minúscula, enfrascada en sus labores, con la bachilla a un lado y un transistor destartalado, con su letanía imperceptible, haciéndole compañía.